viernes, mayo 20, 2005

CAIGO

Recuerdo una vez en clase, a los 15 o 16 años, que tuvimos un 'debate' sobre el suicidio. La profesora de literatura, aburrida de dar clase por las tardes, comenzó a llevarnos relatos y cuentos cortos que años atrás le habían entregado sus alumnos. Los leía y pasábamos a una ronda de comentarios, tratando de exponer diferentes puntos de vista a partir de lo que nos sugerían esas historias. Recuerdo con bastante detalle (teniendo en cuenta mi mala memoria) uno que se llamaba...

CAIGO

Hablaba un adolescente, torturado por los conflictos propios de la edad. Lo sorprendente era reconocer en lo que te contaba problemas que los que estábamos allí habíamos sufrido. La etapa entre los 13 y 17 años suele aparecer como aquella en la que las personas son seres egocéntricos: sus dificultades siempre son insalvables y las peores del mundo, nadie puede comprenderte, todo sale mal, aparece una hipersensibilidad, cualquier cosa hiere profundamente tu amor propio.

CAIGO

Por otra parte, existen momentos de lucidez. Tus amigos son un referente fundamental en quien te apoyas a ciegas. Comienzas a plantearte temas desconcertantes, que hasta ahora eran territorio adulto. Muchas veces esas reflexiones son silenciosas, el miedo a no encajar, al rechazo por la opinión discordante, es muy alto.

CAIGO

La historia del adolescente era muy similar en cuanto a sentimientos, pero radicalmente distinta en cuanto al ambiente en el que se movía. En ese colegio, donde muchos eran niños-bien, no era tan fácil identificarse con algunos problemas de un barrio de clase baja. La forma en que se relacionaban las 'bandas' de amigos, los problemas económicos en el hogar, la desatención peligrosa de los menores por parte de padres alcohólicos, el funcionamiento de un colegio público. El enfoque variaba ligeramente, de forma que aparecían nuevos dilemas, en sustitución por otros más habituales.

CAIGO

Pero la historia era en esencia la misma. Una persona que sufre en silencio, no es capaz de solventar sus problemas, ni de pedir ayuda a tiempo. Bien porque no la encuentra, bien porque no hay nadie así a su alrededor. Se va hundiendo lentamente, pasando la barrera del no retorno, hasta desaparecer.

CAIGO

Recuerdo también las respuestas que tras la lectura comenzaron a dar mis compañeros. Como ocurría en tantas ocasiones, al principio las opiniones no eran muy tajantes, hasta que aparecía lentamente un sentir común, al que rápidamente se unía la masa. El debate parecía radicalizarse claramente en favor de aquellos que rechazaban el suicidio como vía de escape a los problemas. Sostenían, con fervor, que era una solución cobarde, que siempre había una manera de arreglar las cosas, y que esconderse del mundo y rehuir de tus obligaciones era algo deshonroso. El protagonista se había vuelto algo de lo que avergonzarse.

SUELO

Pero la balanza se había inclinado demasiado, y llegó el turno de las notas discordantes, quizá algo tenues. Me uní a ellas. No tenía nada claro cómo enfrentar el problema del suicidio en abstracto, pero tenía fresca en la memoria los recuerdos y vivencias del personaje del relato. No veía forma de justificarlo razonadamente, pero tampoco podía acusarle y condenarle gratuitamente.

SUELO

Tenía algo muy claro: lanzarse al vacío era un acto valiente, que requería fuerza de voluntad y determinación que yo nunca creía capaz de reunir. Siempre acaban filtrándose, como si se rebelara el instinto de supervivencia, imágenes y recuerdos hermosos que insisten en mostrarte la vida como algo de incalculable valor que merece la pena conservar. Supuse en ese punto de mis divagaciones, que lo que me separaba de la situación que estábamos comentando era mi enfoque.

SUELO

Traté de imaginarme en su situación, al borde de una azotea, pensando y machacando una y otra vez todos mis fracasos y miserias. El adolescente no era popular entre sus amigos. Su familia era inestable, y su único apoyo dentro de la misma, su abuela, acababa de morir. El colegio no era su punto fuerte, a pesar de esforzarse, no conseguía mantener la atención en las asignaturas. La chica (o el chico, no recuerdo exactamente si el protagonista era hombre o mujer) no le correspondía, y tenía la impresión de que incluso se burlaba a sus espaldas.

SUELO

Al final, tenías un montón de pequeñas cosas, que por sí solas apenas eran motivo de preocupación, para un adolescente siempre son enormes barreras que superar. Cada una de esas menudencias se iba sumando a la anterior, la gravedad aumentaba progresivamente cuando atisbabas el verdadero trauma que se escondía detrás. El entorno en el que se movía el personaje, las ideas que le contagian los amigos, lo que ve o siente en su casa, todo lo que había sido en un principio y aquello en lo que se estaba convirtiendo... un pequeño flash de lo que podría ser en un futuro, que le aterrorizó. Todo aquello que, desde un único punto de vista, sólo podía entenderse como un largo y oscuro túnel con una única salida resplandeciente al final.

SUELO

En este punto, todo volvía a repetirse en su cabeza, pero ahora había cambiado algo, muy sutil. El filtro a través del cual se contemplaban de nuevo los miedos, parecía difuminarse. Nuevas puertas y caminos parecieron abrirse a los lados. Pero apenas eran un espejismo, y en cualquier caso ya era tarde, sólo quedaba el....


SUELO

6 comentarios:

  1. Me ha encantado. Haces que recuerde aquellas barreras infranqueables de la adolescencia, que reviva ese dolor y aquel gusto a novedad en cada cosa, pequeña o grande que surgía día a día. No se debe olvidar nunca las nuevas experiencias, hay que carga el resto de tu vida con ellas, así, sólo con cerrar los ojos y agudizar el ingenio del recuerdo, puedes de nuevo recrear los sabores de los años de juventud, salada, dulce... agria... y amarga juventud.

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  2. Siento ser la nota discordante pero permítanme...¿por qué tiene que ser la vida feliz?Se nos enseña a pensar que los pensamientos tristes son distorsiones de la realidad que podemos posteriormente afrontar y (sobretodo) superar. Error. Como decía Ortega y Gasset "Yo soy yo y mis circunstancias".

    La vida es tristeza, felicidad, amargura, emoción. Los problemas no se pueden superar, no se pueden olvidar, puedes aprender de ellos, pero pobre el que ignora sus desdichas. En la vida hay más decepciones que alegrías...podría poner ejemplos claros, estadísticas estúpidas o simplemente utilizar términos entrópicos para torpes, pero busquen en sus recuerdos. Llámenme pesimista, llámenme realista, son sólo términos y a mi no me asustan las palabras.

    La vida no es rosa aunque elijamos verla rosa, y no, a todos no nos ocurre lo mismo, no significa lo mismo para cada uno y no, las soluciones no son las mismas para todos, todo eso es una necedad.

    No siempre tiene que existir un final feliz, ni una moraleja, ni nada por el estilo, no siempre se acaba viendo el mundo desde nuevas perspectivas (sustituyan nuevas por 'más agradables'), no siempre acaba apareciendo la mano amiga.

    Puedes hacerlo o puedes no hacerlo, pero nunca existe la libertad de escoger.

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  3. Sabíamos que todos ganábamos cuando abriste el blog. Ahora, lo comprobamos leyéndote.

    Un abrazo.

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  4. Muy importante, Malala, no olvidar: aprender a vivir con tus recuerdos, para que cuando te asalten no te cojan desprevenida.

    Vaya, Gillio, había olvidado lo que era hablar de muerte contigo ;)
    (Por cierto, ¿dónde te metes? no sé nada de ti)

    Akin, Tio Petros: gracias :)

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